En la flamante triada, por un capricho del destino era más bien un cuarteto de cámara, que ella había organizado para su deleite, a él le correspondía el papel de amigo. Pero por alguna extraña o curiosa casualidad no lo era.
Él la miraba como un gato observa a su presa, relamiéndose lentamente y anticipando todo tipo de delicias. Ella le ponía ojitos de gacela, aromatizada con olores comestibles. Pero, en contra de toda previsión, tenían propensión a enzarzarse en una enrevesada oratoria grave y profiláctica que desencadenaba las situaciones más agrias y enfriaba los corazones.
Él tenía la habilidad de enredarse en controvertidas disertaciones con las que se erguía bravo y contundente como un caballo desbocado, además de la fastidiosa costumbre de echarla de su casa a la mínima ocasión, lo cual dificultaba en extremo llegar tanto al consenso como al conocimiento mutuo.Ella se aplicaba a conciencia en prestar oídos y lengua en la misma medida, pero acababa siempre presa de una frustración disimulada a base de sonrisas mientras pensaba seriamente en la necesidad de una buena terapia tapioca, lo que dificultaba sobremanera el intercambio personal.
Él le calentaba la cabeza, tanto que, teniendo en cuenta que el cerebro es el órgano sexual más potente, constantemente se veía obligada a reprimir los millones de impulsos contenidos, atrapados en su cuerpo para no abalanzarse sobre esa boca parlante y morder toda esa carne cruda. Sujetaba con fuerza sus pensamientos para que no se le escaparan por los ojos o entre los dedos. Cuidaba con atención la expresión de sus dedos, como si se tratara de largos pinceles a punto de estallar en una explosión de expresión desatada. Hubiera sido todo un problema de no haberlo conseguido, quien sabe en que mala dirección se hubieran desatado la lenguas o la soberbia de los ambos contrincantes.
Pero tampoco había mucho que decir, entre pensamientos atrapados, palabras malogradas y una inquietud latente rebullendo en sus interiores, la única situación posible era, una vez más, enredarse en una maraña de brazos y lenguas donde sólo los cuerpos dialogaban, cada uno como Dios le daba a entender, buscando el placer propio en el propio y a veces en el ajeno.
Él nunca percibió amenaza en ella, ni tampoco un atisbo de humanidad, ella era un animal, una presa, un objeto móvil que se insinuaba ágil frente a sus ojos. Se guardaba bien de la conspiración, de la traición, evitando siempre dar más información de la necesaria. Hacerlo hubiera sido un grave error, no se anticipa al enemigo una estrategia, ni un movimiento a la presa antes de ejecutarlo. Pero, llegados a un punto sin retorno, se dejaba llevar, más arrastrado por el instinto que por la razón, por lo que al final siempre regresaban a su caja torácica los remordimientos y la autocompasión. No sabía lo que hacía cuando lo hacía, y cuando dejaba de hacerlo se arrepentía, aunque tampoco supo nunca por qué.
Nunca hubo amaneceres, solo tardes sin sus noches o mañanas sin sus tardes. Nunca hubo lunas repletas, de enamorados u hombres lobo. Nunca café caliente o desayuno alguno, tal vez un té o dos. Nunca hubo despedidas, no eran necesarias, el honor de la despedida se concede siempre al que deseas volver a ver, pero por aquella insidiosa manía de él, nunca existió ese deseo, ni, por lo tanto, ese honor o ese placer.
Ella lo aceptó sin más, tampoco lo comprendió muy bien, pero se limitó a no hacer preguntas inapropiadas, hacerlo hubiera sido tan innecesario como obsceno.
Así, cuando una mañana de otoño, mientras se cobijaba de la lluvia bajo una marquesina, leyó la esquela con su nombre, tuvo que meditar un instante para recomponer los pedazos de su memoria. Necesitó algunos minutos para encajar esa emoción en el hueco apropiado de su corazón, y cuando lo hubo encontrado destiló tenuemente la hebra voz que ahora afloraba a su garganta, la contuvo en su boca un breve instante y por fin ella dejó escapar un suave – Uffff.- Haciendo balance de todo lo que él había significado en su vida. Bastó un simple “ufff” para solventar tamaña transgresión.